El paciente “VIP”

Febrero 2016

273 CARTAS AL EDITOR / letter to the editor Rev Med Chile 2016; 144: 273-274 El paciente “VIP” The VIP Patient Sr. Editor: El quehacer médico es complejo desde su génesis. Comprender las necesidades de otro conlleva una serie de procesos aparentemente bien estudiados, pero no del todo bien comprendidos. Disciplinas científicas como la fisiología, la biología, la anatomía, nos permiten entender mejor los procesos de salud y enfermedad1. La semiología médica, por su parte, nos permite un acercamiento ordenado a las señales que ese otro ser intenta transmitirnos. Mucho de arte hay en este proceso, pero también mucho de técnica y disciplina. Sin duda, no son los únicos factores que hacen complejo el acto médico. El vertiginoso avance del conocimiento científico y clínico, la facilidad en el acceso a las fuentes de información por parte de pacientes y familiares, la percepción en la opinión pública de que la medicina es una profesión cada vez más cercana a la tecnificación y alejada de las personas, la presión de los administradores de salud por la “productividad”, sólo por nombrar algunos, acrecientan el duro escenario con el que atendemos a nuestros pacientes en el quehacer diario. No obstante, el problema no queda ahí. Existe un escenario particularmente complejo: el paciente “VIP”. Este acrónimo, usado en diferentes ámbitos para designar a personajes destacados (políticos, empresarios, artistas, entre muchos otros) y que indica a una persona muy importante (Very Important Person) también ha permeado en el ámbito sanitario. Como lo relata de forma exquisita Marguerite Yourcenar en su maravilloso libro “Memorias de Adriano”: “Es difícil seguir siendo emperador ante un médico, y también es difícil guardar la calidad de hombre. El ojo de Hermógenes sólo veía en mí un saco de humores, una triste amalgama de linfa y de sangre”2. A medida que transcurre la novela, no nos es difícil llegar a imaginar lo que significaba para ese médico romano, prestar sus servicios al emperador del imperio más grande de la época. Sin embargo, en la actualidad no es necesario ser exclusivamente un “personaje muy importante” para constituir en medicina un paciente “VIP”. ¿Quién no se ha enfrentado al paciente cuyo pariente cercano resulta ser su ex jefe de servicio…? ¿O cuyo familiar acompañante es un colega que vive fuera de la ciudad y su cercanía con el paciente se establece a través de las múltiples llamadas que recibes como médico tratante…? ¿Quién no ha tenido que atender a un séquito de acompañantes del paciente, no siempre facilitadores, para tener que explicarles la situación de gravedad una y otra vez? En otras palabras, ¿quién no ha sentido la presión ejercida, directa o indirectamente, por otros actores no implicados en la atención directa del paciente? Es posible que algunos médicos jóvenes todavía no tengan la suficiente experiencia como para haberlo vivido en carne propia, pero probablemente conocieron de algún caso durante su formación. Lo complejo de la situación creada al catalogar a alguien como “VIP”, no es el hecho mismo de que en mérito lo sea, sino que, al menos filosóficamente hablando, todos los pacientes debiesen ser considerados de igual forma en el enfrentamiento de los problemas que lo aquejan y en la toma de decisiones que eso conlleva. En este mismo sentido, el que alguien sea designado como “VIP”, puede exponer al médico y al resto de su equipo a una vulnerabilidad o a una tensión innecesaria con el paciente y su entorno3. El espectro es amplio y puede expresarse desde el retraso de algunas decisiones en espera de “consensuarlas”, pasando por la disconformidad del personal por ciertas actitudes del paciente o sus familiares, hasta la realización de exámenes y procedimientos que en otras circunstancias parecieran innecesarios. Pudiese ser que calificar como “diferente” a una persona ponga al equipo tratante en una alerta especial, en una especie de frenesí que lo expone a riesgos o a conductas limítrofes con la buena praxis. De paso también puede desgastar al personal a cargo, socavar la relación de confianza de los integrantes del equipo médico y tensionar el trabajo interdisciplinario. Debemos, por lo tanto, estar atentos, pero no frenéticos. Mantenernos serenos y ser capaces de reconocer nuestras debilidades al igual que en cualquier otra circunstancia, para enfrentarlas con lo mejor que tengamos. En otras palabras, debemos conducirnos de buena forma, de la mejor forma, de la misma forma, para evitar caer en errores en la apreciación del problema que aqueja al paciente. Y recordar que, pese a que ciertas condicionantes del medio nos hagan parecer que algunas personas “no son tan iguales”, nuestro deber es velar por la aplicación de nuestro arte, nuestra disciplina y nuestro análisis racional, en todo paciente por igual, para


Febrero 2016
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