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Febrero 2016

ARTÍCULOS ESPECIALES do, lo acoge con amor maternal, sirviéndole de último puntal, mientras María Magdalena mira hacia nosotros, señalándonos esperanzadamente nuestro futuro si entendemos -y seguimos- devotamente 244 la enseñanza del acontecimiento que acaba de estremecer a la humanidad. Cristo está muerto. Su muerte indudable se patentiza en su cuerpo, doblado en dos sitios; ya inerte y exangüe, se desliza pesadamente hacia abajo. Este cuerpo posee una triple dimensión, señal que la muerte mutila en tres niveles. 1) Muerte vital. La solidez de su contextura, sus formas macizas comienzan a perder volumen a medida que descendemos hacia su pierna derecha; su resbalarse obedeciendo las leyes de la gravedad, denuncian que la vida se extinguió tras el martirio final. Sus fuertes brazos son signos de la ardiente vitalidad que lo mantuvo sin claudicar durante todo su suplicio, aunque su torsión desmañada delata que el intenso fuego que los hacía moverse se consumió. Arrasado con furia, su torso enseña las huellas de la pasión pero que, por haber acaecido hace algunas horas, todavía resiste con dignidad bajo el brazo de su madre que no se resigna a que se desfigure. Las emociones y anhelos que impulsaban las diferentes partes de su organismo están ausentes; sus manos se doblan inanimadas hacia la tierra, como si los hilos que las movían se hubieran cortado, incapaces de obedecer una orden interior. Su pie flácidamente abatido, yace sin esperanza de recuperar su posición erecta; 2) Muerte propia. Las facciones serenas de Cristo delatan que la misión ha llegado a su término, exhibiendo una paz interior. Su rostro, sin arrugas ni marchito, reposa sosegadamente en la cabeza de su madre tras el cometido más propio, empuñado con valentía sobrehumana aunque henchido de humildad. La muerte no lo ha sorprendido, no hay enervación, ni pasmo, ni contracciones previas al morir: la ha acogido como momento de realización de su vocación y destino enviado por su Padre. Su cuerpo fláccido no es sólo el que ha perdido su vitalidad, sino, sobre todo, el que descansa entregado en armonía a su creador, sin rabia ni rebeldía; 3) Muerte narrativa. El tiempo despliega su presente como presencia, cuerpo material deslizándose entre los mortales que le ayudan a que no se laceren sus restos humanos; presencia rotunda, compacta, se impone a todos, no se la puede eludir ni negar, no tolera que se olvide su solidez, densidad, peso. En este presente está inserto su pasado y su futuro. El El cadáver humano en arte y bioética - G. Figueroa pasado está referido por señales inequívocas hacia una historia dolorosa, pero sagrada: los castigos físicos soportados en pos de la misión del creador; en palabras de Heidegger14, es como si su cuerpo hablara: no fui un ser que fue ultimado, como si todo hubiera terminado, sino que “yo soy sido” aquel que sufrió por la humanidad, mi cuerpo “es sido” (Gewesenheit) este calvario, el “sido” está incluido en el “es”, no hay olvido. El futuro no es sólo algo por venir, es el último “para qué” que muestra su rostro: la fusión con el Padre. Fusión que se inicia con la faz de su madre, faz sin terminar porque ya se está uniendo con su hijo hacia una conciliación final. Cristo está muerto pero es humano y lo humano se dirige hacia una finalidad última y trascendente, es un venir-hacia-sí-mismo (zu-sich-kommen). La Pietà Rondanini muestra a Cristo, pero ahora no sólo muerto sino cadáver que, para Miguel Ángel, es el cuerpo de la revelación. La revelación es doble, del destino terrenal y del destino trascendente. La rudeza del rostro y el cuerpo casi esquelético de Cristo dan a entender que la carne está disolviéndose o desintegrándose: lo viviente no sólo ha terminado –muerto-, sino está macerándose. Poseedor de una delgadez extrema, con despojos de músculos y tejidos, apenas se sostiene sobre sus pies que cuelgan de las piernas, parece como que empieza a ascender hacia los cielos superando la ley de gravedad. La técnica del non finito alcanza su máxima expresión porque Cristo y María están des-humanizándose. La Virgen se propone sostenerlo con su brazo izquierdo, pero este brazo desconoce sus límites con el cuerpo de su hijo y se ignora si la madre trata de infundir calor al hijo o éste a ella. La cara de Cristo ha perdido sus facciones inferiores y las zonas superiores son sólo restos de las que alguna vez poseyó. ¿No es máxima expresión de desintegración ese brazo derecho amputado de su cuerpo? 1) Fisiognomía del cadáver. La apariencia ante el otro está llena de patetismo en una atmósfera siniestra, pero también misteriosa, de un arcano que pide ser revelado; acercarse a su figura es exponerse ante algo ominoso y numinoso simultáneamente. Habla de lo terreno -oscuro e insondable- pero también de un camino ascendente que quiebra toda medida humana. No es pura tenebrosidad, tampoco pura iluminación; está lo cenegal, está lo ultraterrenal. Se apunta a la ultratumba, pero se invoca a lo celestial; 2) Lo existencial del cadáver. Rev Med Chile 2016; 144: 241-246


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