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Marzo 2016

379 art ículo especial La objeción de conciencia y los valores de la profesión médica - M. Besio Este rasgo común descansa en un principio ético fundamental y único: el médico busca el bien de su paciente y procura no dañarlo, y precisamente ese es el rasgo común que tienen todas las razones por la cuales un médico se niega finalmente a implementar una intervención. Ahora bien, pareciera que existen otras razones que ya no tienen que ver con su “convencimiento clínico” sino que son de otro orden, surgido de una dimensión personal, íntima y particular de él, que no sería generalizable a todos, sino que más bien una excepción, pero que no pertenece estrictamente a la medicina sino que a la “conciencia” personal de ese individuo que está ejerciendo en este caso la actividad médica. Esa dimensión o conciencia particular le impediría responder a una petición, independientemente de considerar si esa intervención solicitada le pueda causar un daño o beneficio al solicitante. Serían consideraciones entonces fuera de la medicina, que no consideran los principios que la guían. Existirían médicos que, poseyendo alguna característica particular, estarían dispuestos a comportarse en contra o por lo menos fuera de los principios de beneficiencia y no maleficiencia que guían nuestro actuar con distintas expresiones, desde tiempos inmemorables. Aceptar lo anterior sería extraño. No parece razonable que códigos de ética que pretenden establecer normas de conducta, basados en los principios que guían la profesión médica, permitan que un asociado se niegue a una petición de un paciente, con absoluta prescindencia de los daños o beneficios para el solicitante. La alusión a la conciencia como excepción para establecer una intervención debe tener otra explicación que la haga plausible. Me parece que esa explicación nace justamente de la necesidad de explicitar, de declarar, de profesar lo que es la actividad médica. De clarificar a los demás que esta actividad se dedica a algo definido, que todos los afanes de los que prometen dedicarse a ella, están destinados a algo muy específico y nada más. Que su actividad tiene entonces límites, algunos poco claros, que permiten un actuar cuidadoso, y otros que no se deben traspasar. Esta declaración es necesaria por ser el médico poseedor de conocimientos y destrezas que pueden servir a muchos otros fines, y que pueden interesar a la sociedad por diversos motivos. Pero la declaración y la profesión señalan el objeto y los límites de la actividad. Diversos intereses sociales cambiantes intentarán modificar esos objetivos y límites, y probablemente siempre surgirán peticiones respaldadas incluso por normativas legitimadas por mayorías democráticamente ungidas, que buscarán intervenciones que atentarán absolutamente contra los fines y límites de la profesión5. La invocación a la conciencia del médico no se refiere a aceptar la negativa de este profesional por razones personalísimas, particulares y subjetivas. La excepción está dada en todos los códigos de ética para otra cosa; para proteger a los médicos de peticiones respaldadas incluso por autoridades legítimas y que van en contra de lo profesado. Es un espacio para que un facultativo pondere si lo solicitado contraviene gravemente los objetivos de la profesión, decida de acuerdo con ello y sea apoyado por las agrupaciones que deben proteger sus valores. En definitiva, para que pueda rechazar responsablemente las peticiones que van claramente en contra de la beneficiencia y no maleficiencia debida a las personas a su cuidado. El rechazo a alguna petición por ir en contra de la conciencia del médico, es provocado por el juicio que éste realiza, al tomar conciencia que la petición vulnera algún valor de su profesión, valor asumido e interiorizado libremente al decidir dedicarse a la medicina. No es por vulnerar un principio propio, personalísimo, ajeno a la medicina, aunque pudieran coincidir. Actúa así para defender a sus pacientes y a la profesión. Si nos fijamos en la literatura médica, los únicos ejemplos de una negativa válida para realizar una intervención, son aquellos relacionados con una estimación de mayor riesgo de daños al paciente frente a los beneficios buscados, y con las que atentan contra valores trascendentes de un paciente como el respeto a su vida e integridad, valores defendidos clásicamente por la medicina6-8. ¿Y la autonomía? Es cierto que es el paciente bien informado quien debe decidir sobre las intervenciones propuestas por el tratante. El médico no impone, pero tampoco es un mero ejecutor de las peticiones de sus pacientes, no debe aceptar realizar una intervención si juzga que va en contra de los principios de su actividad. Habitualmente, en una adecuada relación médico-paciente, se buscan las alternativas aceptables para ambos. Es posible que en algunas situaciones se mantenga un desacuerdo y finalmente se rompa esa relación. Es ésta una prerrogativa defendida universalmente Rev Med Chile 2016; 144: 377-381


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