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Marzo 2016

art ículo especial La objeción de conciencia y los valores de la profesión médica - M. Besio será necesario remontarnos a hechos que, siendo fundamentales para nuestra actividad, caen en el olvido, repitiéndose así en los articulados de los códigos sin su justificación explícita. En algunas actividades u oficios se exige a los que las practican un comportamiento que va más allá de lo que se les demanda como simples ciudadanos. Son ellas las llamadas profesiones, las cuales por sus especiales características requieren de un cuerpo normativo especial, dependiendo de los fines y responsabilidades que poseen. El concepto de “profesar” incluye, según la Real Academia Española (RAE) el de “ejercer algo con inclinación voluntaria”, de allí su carácter moral. En ellas existe un auténtico compromiso, tanto intelectual como emocional, con la acción que se realiza. Es por esta razón que las profesiones no son el mero ejercicio de un oficio, sino la completa entrega de una persona a su quehacer y con el rol que ésta cumple en la sociedad, instaurando para ello valores y principios que la caracterizan distintivamente y establecen los rasgos propios de los que la ejercen. Las profesiones entonces, manifiestan 378 explícitamente estas máximas a través de códigos que exponen las conductas ideales a seguir, restringiendo al mismo tiempo las indeseables. Esta manifestación pública de principios es, al parecer, una característica propia de las profesiones. No es de extrañar entonces que la etimología más profunda de “profesar” remita a “profeso”, participio pasivo del verbo latino profiteri, declarar. Profesión médica Lo que declara y a lo que se compromete a cumplir un médico está contenido en todos los juramentos, oraciones y códigos desde que la medicina se estableció como actividad propia, separándose de la mera superstición, de la religión y de la filosofía en el siglo V a.C2. Esto es la búsqueda de un bien particular del ser humano, su salud, entendida ella como una perfección entitativa que le corresponde naturalmente y que por alguna razón no posee, por haberla perdido o por no haberla poseído nunca3. La medicina es entonces un saber práctico, cuyo objeto es la salud de los pacientes. Busca provocar un efecto o cambio en un sujeto solicitado explícita o implícitamente y que entendemos como salud. Es cierto que el médico es requerido en numerosas ocasiones para labores que es capaz de realizar, pero que no corresponden exactamente a su quehacer primario (peritajes, investigación, auditorías etc.) y no pocas veces a otras que colisionan violentamente con su profesión (las que vulneran la integridad física, psicológica y espiritual de los pacientes). A las primeras debe responder sin vulnerar su obligación “profesada” y las segundas debe rechazar. Muchas veces esta tensión entre las obligaciones “inmanentes” y aquellas solicitadas por la sociedad, que requiere sus conocimientos y destrezas pero que no corresponden estrictamente al objeto de la profesión, permite, al ser ellas razonables, una adecuada regulación por los colegios profesionales y adaptaciones de los códigos de ética. Otras veces vulneran tan radicalmente lo que los médicos hemos procurado defender, que no es posible aceptarlas, ya que de permitirlo cambiaríamos el objeto de nuestro quehacer. Estas solicitudes han sido tan fuertes que han logrado incluso modificar los juramentos y códigos deontológicos, al no ser los médicos capaces de resistir esa presión4. Sentido de la objeción de conciencia del médico Teniendo presente lo previamente dicho, intentaremos analizar el verdadero “espíritu” del artículo 20 de nuestro código de ética y por ende de artículos similares en otros códigos deontológicos. Si reflexionamos sobre las razones por las cuales un médico pudiera negarse a realizar un procedimiento, veremos que todas ellas tienen un rasgo común: puede que el profesional no se sienta capacitado técnicamente para hacerla; puede ser también que no esté convencido del resultado de ella, o que juzgue que los riesgos son muy altos, o pudiera ser también a su juicio una intervención desproporcionada. Estas razones, que pueden ser consideradas razones técnicas, si las examinamos con mayor detención veremos que son más bien razones éticas. En efecto, si el médico se siente incapaz de realizarla, sería imprudente que lo hiciera, ya que puede causar al sujeto un daño. Si no está convencido del resultado o considere mucho riesgo o desproporción, también percibe que puede causar un daño más que un beneficio. Rev Med Chile 2016; 144: 377-381


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