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Marzo 2016

ARTÍCULO ESPECIAL 372 Ética y Ébola - J. P. Beca et al Figura 1. Número de casos y de muertes registradas en las epidemias de Ébola entre los años 1976 y 2012. Datos tomados de información de OMS (Ref 2). Rev Med Chile 2016; 144: 371-376 mucho más intensa debido a las características actuales de los países afectados: sistemas de salud muy precarios, alta movilidad de la población, pobreza, hacinamiento y características culturales de los funerales. Además, la infección llegó a ciudades donde la transmisión se multiplicaba en forma descontrolada3. Ocho meses después, en agosto de 2014, se decretó alarma mundial después que dos norteamericanos se contagiaron y fueron trasladados a hospitales en Estados Unidos de Norteamérica (EE.UU.)4. El principal problema era el temor de una pandemia y cómo contener la expansión de la epidemia con la evidencia de que no era posible frenarla con los recursos de los países afectados, sin tener antivirales ni vacunas de eficacia y seguridad demostrada. Se reconoció la existencia de un problema de justicia distributiva internacional y la necesidad de avanzar hacia una solidaridad internacional y cosmopolita5. Surgieron numerosas repuestas para responder a la emergencia, desde la Organización Mundial de la Salud (OMS) y desde gobiernos europeos y de América del Norte. Se reconoció también la necesidad de combinar la respuesta social y comunitaria con la organización urgente de generar conocimiento mediante sólidos proyectos de investigación, definiendo así un concepto de “deber moral de investigar”6. La realidad de recursos sanitarios en estos países hacía muy difícil el control de la epidemia, con lo cual se generó mayor temor, desconfianza de las comunidades locales en sus instituciones y en su personal, y también en las intervenciones de expertos extranjeros7,8. Los recursos curativos existentes en ese momento estaban todavía en fases iniciales de investigación con antivirales o anticuerpos monoclonales que aún no habían sido usados en seres humanos9,12. En estas condiciones era necesario intervenir conjuntamente en capacitar personal de salud, establecer recursos diagnósticos y de medidas generales de cuidado y compensación de pacientes, tratamiento del shock hipovolémico con sus consecuencias, así como investigar aplicando rigurosidad científica y ética en los respectivos proyectos13. Todo lo anterior, con la participación de la comunidad de los tres países afectados, no sólo por razones de justicia sino como condición indispensable para poder realizar estas intervenciones14. Las respuestas, aunque tardías como ya se mencionó, se implementaron en forma acelerada de parte de OMS y de los países del hemisferio norte, convocando a especialistas en salud pública, investigación, epidemiología y bioética. OMS convocó a un panel multidisciplinario de expertos, que propuso criterios generales para las respectivas intervenciones6. Cabe destacar la participación de Médicos Sin Fronteras, de universidades y de la industria farmacéutica, cada uno en sus respectivos campos de acción. En los países no afectados se comprendió el riesgo de contagios internacionales o de una pandemia, de manera tal que se trabajó en capacitar al personal de salud y en implementar los recursos necesarios para evitar contagio entre enfermos o sospechosos de contagio y el personal o las familias de los mismos.


Marzo 2016
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