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Abril_2107

ARTÍCULO ESPECIAL 511 alguna manera misteriosa. Su visión, más allá del Impresionismo, queda reflejada en su afirmación: “quiero hacer del Impresionismo algo sólido y duradero, como el arte de los museos” y para esto decía que “recreaba al artista clásico francés Nicolas Poussin a través de la naturaleza”, lo que implica su deseo de unificar su forma de observar la naturaleza con la permanencia de la composición clásica1,3,4. Cézanne trató de expresar la totalidad de la forma, dando al objeto en su tela su real forma y volumen. Pintaba directamente, no dibujaba previamente, sus figuras eran modeladas prácticamente por la pintura. Modela con el color y, a diferencia de los impresionistas, se adhiere al colorido natural. Sentía que la luz no podía sobreagregarse sino que ser producida por medio del mismo color. Creaba la impresión de líneas también a través del color. Hasta esa fecha, la representación del espacio había sido lograda por la perspectiva y claroscuros. Los impresionistas sacrificaron todo a la interpretación de la luz, Cézanne cambia este sistema al hacer la interpretación de la luz una forma de interpretar el espacio. Utilizó el color para representar la luz y sugerir volumen, mientras que con la correcta interpretación de los tonos consigue crear las formas1. Joris-Karl Huysmans, poeta simbolista, quiso atribuirle a Cézanne un defecto visual a raíz de su particular falta de perspectiva en sus cuadros. Huysmans comentó respecto de las naturalezas muertas de Cézanne: “expuestas a plena luz sobre platos de porcelana o sobre manteles blancos, se ven peras y manzanas plasmadas en grandes trazos y modeladas con el pulgar; visto de cerca, el cuadro parece un desorden caótico de rojo vivo y amarillo, verde y azul. Más, si se guarda la distancia adecuada, se convierten en frutas suculentas y jugosas que despiertan el apetito. Y de pronto, se percibe una verdad completamente nueva, nunca antes percibida, tonalidades extrañas y no obstante reales, manchas de color de una originalidad única, sombras que se proyectan por detrás de las frutas, sobre el mantel, mágicas en su colorido azulado apenas perceptible; todo esto hace de estas obras una revelación si se comparan con las naturalezas muertas habituales, ejecutadas en absurdos colores de asfalto”1. En sus bodegones, los objetos podían rozarse y mezclarse, disolverse en la armonía del color y representar situaciones, de alguna manera como sustitución de la vida misma, a la que Cézanne no era capaz de enfrentarse. Cézanne pinta estas cosas sencillas con mucho amor y sentimiento, con una inimitable sensualidad, con una intensidad como ningún otro pintor lo había hecho excepto Jean Baptiste Chardin, admirado por Cézanne1. Las frutas que pinta Cézanne parecen tener el brillo de las frutas del paraíso, dice Cézanne al poeta Gasquet “he renunciado a las flores. Se marchitan rápidamente. Las frutas son más fieles. Es como si quisieran pedirte perdón por perder color. Su idea se exhala con su perfume. Llegan a ti en todos sus aromas, te cuentan de los campos que abandonaron, de la lluvia que las nutrió, de la aurora que las contempló. Cuando con toques pulposos de pincel se reproduce la piel de un hermoso melocotón, la melancolía de una manzana vieja, se puede entrever en los reflejos que ellos intercambian la misma sombra tenue de renunciación, el mimo amor del sol, el mismo recuerdo del rocío”. Para Cézanne “no existe ninguna línea, no existe ningún modelado, sólo existen los contrastes. Cuando el color alcanza su mayor riqueza, entonces la forma alcanza su plenitud”1,3,4. Los cuadros de árboles que pintó al final de su vida documentan su manera poética de sentir la naturaleza. Estos árboles tienen un movimiento que parece venir de una dinámica que Cézanne percibía en todas las cosas: “He sentido un gran escalofrío. Si yo lograra, por el misterio de mis colores, comunicar este escalofrío a los otros, ¿no llegarán ellos a tener un sentido de lo universal, más obsesivo tal vez, pero cuanto más fecundo y más delicioso?... ¿los árboles como seres sensibles? ¿Qué hay en común entre los árboles y nosotros? ¿Entre un pino que se muestra ante mis ojos y uno tal cual es en realidad? Ah, si yo pintara eso. ¿No sería ello la realización de un parte de la naturaleza, que el cuadro nos da al caer sobre nuestra mirada? ¡Los árboles como seres sensibles!”. “Yo quise copiar la naturaleza, pero claramente no lo logré. Más quedé satisfecho, en parte, conmigo mismo al descubrir que el sol, por ejemplo, no podía ser reproducido, sino que era indispensable representarlo por medio de otra cosa… con el color”1,3,4. Denis, biógrafo de Cézanne, plantea que toda obra de arte sería entonces “la transmisión… de una sensación recibida, o dicho de una manera más general, la transmisión de un hecho psicológico”1. Paul Cézanne padre de la pintura moderna - M. Miranda Rev Med Chile 2017; 145: 508-513


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