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ARTÍCULO ESPECIAL 509 Paul Cézanne padre de la pintura moderna - M. Miranda y Cézanne llegó a ser padrino de bodas de Zola. En 1886, la relación se rompió por Cézanne, quien se sintió ofendido por reconocer rasgos suyos en el personaje principal de la novela “La obra” de Zola, el artista Claude Lantier, quien acaba suicidándose. Zola, por otro lado, también ofendido, en una editorial de Le Figaro, reniega del valor artístico de Cézanne, llamándolo “un gran talento abortado”. A pesar de esa aseveración, Zola conservó al menos una docena de cuadros de Cézanne1-4. El carácter de Cézanne Cézanne era de carácter huraño, hermético, taciturno, muy terco, perseverante, de maneras toscas y considerado como “mal educado” en su trato social (Figura 1)1-8. Muy inseguro de sí mismo, ironizaba y consideraba que se reían de él cuando era alabado por su arte. Era tal su inseguridad que demoraba demasiado en terminar una obra por constantes retoques a sus modelos humanos, que fueron muy escasos, los hacía posar incontables veces; por ejemplo, a su marchante Ambroise Voillard lo hizo posar 115 veces para un cuadro que no llegó a terminar1-5. A su esposa Hortense la retrató unas 25 veces durante un período de 20 años5,7-9, sin variar demasiado la postura. Pintó con muy pocos modelos por sus problemas de interrelación humana y patológica timidez con la mujer, no toleraba tener modelos mujeres desnudas y prefería pintar de imaginación los desnudos de sus cuadros. A Renoir le confidenció: “Yo pinto bodegones. Los modelos femeninos me asustan, todo el tiempo están al acecho para atacar por sorpresa”1. Cézanne, a pesar de sus maneras toscas, era una persona de gran cultura, que podía recitar de memoria tanto versos en latín como lo más nuevo en literatura. El permanente alarde de inconformismo ha de ser interpretado como una protesta ante los convencionalismos, al que Cézanne trataba de contraponer una genialidad todavía muy incompleta e incomprendida. El arte de Cézanne Cézanne nunca se sintió cómodo en el ambiente de París, se sentía provinciano y prefería serlo. Su relación con los impresionistas fue Rev Med Chile 2017; 145: 508-513 ambigua, los criticaba esencialmente, pues para Cézanne el arte no pasaba por copiar la naturaleza sino expresar las emociones que la naturaleza motiva en el ser humano, develar la real esencia de la naturaleza. En esta búsqueda y necesidad de lograr algo nuevo se aparta de los impresionistas, si bien recibe importante influencia de Camille Pizarro y Claude Monet1. Pizarro, particularmente, le enseña a pintar al aire libre y se aprecia un notorio cambio en el colorido de los cuadros de Cézanne desde ese período. Monet expresó sobre Cézanne: “Qué mala fortuna que este hombre no haya contado con mejor apoyo en su experiencia. Es un artista auténtico, pero ha llegado tan lejos, que duda demasiado de sí mismo”1-4. Cézanne decidió, entonces, recluirse definitivamente en su ambiente natal, perfeccionarse y hacer su propio camino. Para Cézanne “pintar un cuadro significa componer… una gran sensibilidad es la disposición más propicia para una buena concepción artística”. Cézanne fue en búsqueda, no de la luz como lo muestra la superficie de los objetos que fue la motivación de los impresionistas, sino la geometría como se vislumbra más allá de esa superficie. A través de variaciones del color objetiva los planos geométricos que él esperaba le permitirían mostrar la estructura de los objetos dando una masa y solidez que aumentaría su realidad. De los motivos habituales de los cuadros de Cézanne, sus bañistas, montañas, jugadores de cartas, su esposa Hortensia, quizás ninguna es tan familiar como las naturalezas muertas, especialmente sus manzanas: estas junto a jarros, botellas, manteles, se repiten una y otra vez (Figuras 2-4)1,7-9. El mismo Cézanne reconoce su predilección y mayor perfección en esta forma de representación artística y así se explica su frase de 1895 “asombraré a París con una manzana”1. Constituyen verdaderos cilindros, esferas y conos que crean la geometría de la naturaleza que deseaba mostrar. Cézanne logró reconocimiento en vida más por sus naturalezas muertas que por retratos o paisajes, a menudo considerados por la crítica más benévola como distorsionados y primitivos (Figura 5), sus bodegones rara vez dejaban impasibles a algún observador conocedor de arte1. Las obras de Cézanne, más que cuadros, reflejan pensamientos. La belleza, según Cézanne, tal como el alma de otra persona, no se puede poseer, solo puede apreciarse y para aquellos que tienen la voluntad, compartirla de


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